Son las 7:40. Suena el despertador del móvil. Estiro el brazo, oigo a mi compañero de piso en la ducha. Pulso snooze.

Son las 7:49. Suena el despertador del móvil. La ducha ya no se oye. Estiro el brazo, apago el móvil, enciendo la luz. Me levanto, cojo la toalla pequeña convenientemente doblada del cajón del armario de madera del fondo de la habitación y cojo el albornoz que colgué en la puerta siempre abierta del mismo.

Me ducho. Si es un día par del mes, me afeito.

Salgo de la ducha, es tarde. Me visto en mi habitación recojo todo lo que necesito. Compruebo: cartera, móvil, llaves... Desayuno.

Cojo un vaso, el bote del colacao, dos cucharadas. Vierto la leche fría sobre el colacao de manera uniforme para que el microondas lo encuentre medio disuelto. Un minuto y diez segundos. Ni templada ni quemando. Me voy al trabajo.

Veo lo que tengo que hacer en el día, me organizo más o menos, hago menos de lo que debería de hacer. Salgo del trabajo.

Vuelvo a casa pensando en sitios alternativos a los que ir. No encuentro a dónde. Llego a casa, enciendo el portátil. No me apetece. Ceno, leo la prensa por Internet, bajo el correo. Me acuesto.

Me lamento durante unos minutos, las lágrimas afloran en los ojos. Una cálida y enorme lágrima empapa un rodal de la almohada. Me duermo.

Son las 7:40. Suena el despertador del móvil. Vuelta a empezar.

El ciclo se repite cada día, cada semana, cada mes.