Una muestra de cariño es lo único que necesito para seguir vivo. Llevo dos horas durmiendo en el sofá. Cuando he despertado solo y abandonado como un perro callejero me he arrastrado hacia la cama. Llevo media hora llorando en la cama, sobre la almohada. Repasando a la gente que conozco. Buscando una muestra de cariño reciente en alguno de ellos. No la he encontrado.

Cuando escribí a C la última vez le recordé que en lugar de quejarse tanto también podía escribirme ella un correo por voluntad propia, sin tener que ser respuesta a uno mío. No he vuelto a recibir nada más. La persona que conocí al llegar a gran ciudad y que pensaba que era mi amiga símplemente me ignora. Le he pedido un favor, cosa que no había hecho en cinco meses que hace que la conozco. No me ha respondido, y mira que era fácil...

Cinco meses en esta ciudad, casi medio año ha pasado como la nada. Por un momento acaba de venir a mi olfato un olor de la infancia, de la niña con quien compartí mi amor hace años, tantos años. ¿Será una jugada del cerebro? Sin duda puedo afirmar que no tengo control sobre ello, ni sobre mis dedos en estos momentos. ¿Lo tengo sobre mi vida?

Llevo una semana fregando los platos y la cocina cada vez que llegamos, muchos días lo dejo pasar dos días y al tercer día me toca a mi fregarlo igualmente. El señorito lo ignora y le da igual. Este a quien de manera no acertada he llamado el señorito es un nuevo personaje que apareció en mi vida. Ahora vivo con él en este piso frío y sucio. No recibo de su parte tampoco una mísera muestra de cariño, ni de intento de conversación, ni de voluntad por limpiar la casa, ni de... nada.

Después de las dos horas y media que llevaba durmiendo y mojando la almohada con las lágrimas de la amargura solo puedo decir lo que cantaba Búnbury en una canción:
"No puedo dormir, con esas lágrimas goteando encima de mi."